Es medianoche, un hombre bebe una cerveza en oscuridad
para olvidar todo el calor que sintió hace un par de horas; un cigarro le
envuelve con su humo y él, con su lengua de teclado sólo puede reír, carcajea
por luces refractadas que giran como relojes intentando decir palabras, sin
embargo, no encuentra las teclas porque las estrellas alumbran muy poco y el
fuego de su cigarrillo se apagó a penas los relojes aparecieron, no dice nada,
y yo que no veo ni una luz ni manecillas comienzo a sonreír.
¿Cómo llegué aquí?, me pregunto; pareciera como si todo
se adaptara a mis situaciones, como si
el hecho de estar ahí viendo montañas rusas a lo lejos se hubiese planificado
desde hace tanto tiempo, sabiendo que necesitaría ver luces y esa cruz infinita
perdiéndose en la oscuridad, elevándose mi vestido por el viento, y sentir como acaricia mis muslos, lentamente
y luego apuñalando, te recuerdo; y a tu piel que me sé de memoria y que a veces
dibujo entre mis sábanas con los labios, tan tibia y tan acorde a mis uñas, la
recuerdo girando entre viento que me arranca el vestido con su cuerpo
hambriento.
La noche se ha puesto fría, y mis pantys que se han roto
dejan entrar el aliento oxidado de esa carretera. Una voz me recorre el cuello
y ruego que sea la tuya para arrancarla con mordiscos y manotazos. Pero no, es
suave y con un poco de suerte deslizable, extremadamente dulce para haber
salido de tu garganta, señor lengua de cuchilla escarlata, demasiado tímida
para ser tuya amor mío de manos inquietas. ¿Dónde andarás con esa voz
ametralladora?, torbellino que destruyes el alba y dolores de mi vientre
apuñalado, ¿dónde nos encontraremos?.
Cielo estrellado, media noche fría, veo montañas rusas y
una cruz infinita que se pierde entre la oscuridad. Mi vestido se eleva y el
viento acaricia mis muslos, lentamente y luego apuñalando, te recuerdo.
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