lunes, 9 de septiembre de 2013

Vacío

Un caminante breve buscó cada vertebra de mi columna, dibujándole pequeños círculos con los dedos, de arriba a abajo, de lado a lado, de principio a fin; quería descubrir mi multitud de manchas y mis deformaciones bajo piel, mientras yo solo impregnaba el rojo de mis labios en el azul de sus géneros. Mis pestañas absurdas se unían con fuerza y el rimen nadaba entre mis pupilas, mis caderas daban pequeños saltos cuando el leve calor se apoderaba de ellas, sin embargo, por mi pecho fluía el hielo de incoherencias, atravesándome, despojándome hasta las pulsaciones, y dejarme vacía, más de lo que ya creía estar.

Mi cuerpo se llena de mugre, espalda sudorosa, cuello pegajoso, pezones ásperos, manos asquerosas impregnadas de gérmenes; me revuelco en mares impetuosos, y las olas sobrepasan mi estatura,  me ahogo en aquellas aguas sucias  y siento el sabor, que se impregna en mi paladar, ese sabor amargo que incendia mis venas y enloquece mi lengua, ese sabor intenso que me envuelve entre muslos que me chocan y me sacan la piel. Caigo, como siempre apretando espaldas y aferrándome a ellas con mis brazos rodeándolas por detrás, para creer que tengo algo, para suponer que mi torso no está desierto, que no existen huecos dentro de mi, que mi nadar está íntegro de sentido.
       

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