miércoles, 13 de noviembre de 2013
Exceso de perdición
Nuestra consciencia volaba por las nubes, expandida, perdida, lenta y enredada, mientras que nuestra sangre fluía rápido, estrecha y ardiente sobre la tierra; pasaban los minutos, y las contradicciones abundaban, nos odiábamos con insultos y nos queríamos con abrazos sobre pasados, esos que nos robaban el equilibrio y nos brindaban cerámicas heladas. Ya no nos veíamos, esas copas hermanas nos cegaban, nos lanzaban y en silencio nos manipulaban; yo, perdida, con el alma de intenciones, me dejaba llevar por ellas; tú, descocado, aceptabas sus anuencias, aquellas malvadas y diversas ofertas instantáneas que nos hacían perder la razón, sin embargo, nos quitaban distancia entregándonos un pequeño espacio de alientos, de suspiros tibios compartidos. Tus manos sujetaban mi espalda para no caerme de ese espacio absurdo, pequeño, apretado y ardoroso, sentía que no te soltaría nunca y apretaría cada vez más fuerte tu pecho, y ya no odiándolo, sino queriendo y deseándolo con delicadeza mientras el mundo me daba vueltas, y tu rostro no era nítido, pero siempre supe que eras tú, por fin tú, tomando mi cuerpo, ya liviano de tanto que me han quitado, porque cuando se juega en exceso el cuerpo queda cada vez más desierto, pura soledad e inmundicia, sin moral, que estaba ya incluso oculta bajo un sofá, mientras la amistad se nos iba por los poros y nos jurábamos "por siempres" confidenciales, lealtad absoluta, placer garantizado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario