Camino con los ojos arrugados, puesto que se sensibilizan demasiado ante
la luz; con un libro entre las manos, ansiosa por seguir nuevamente, por continuar
cuestionándome qué está pasando en él, quién es el poeta, quién es el jaguar y
por sobre todo, quiénes son las imaginarias, un verdadero caos, un desafío que
me han y me he planteado.
Y se quedaron atrás las
carcajadas infantiles que inevitablemente abundaron en mi boca en una serie de
juegos, se quedaron las mejillas rojas por esa mirada verde intensa que se
impregnaba en mi rostro, se quedaron las conversaciones en la escalera a cerca
de desamores, se quedaron las rabias por ver sufrir y caer a quien no se
merece, se quedaron las desesperanzas de lograr lo que más deseaba en tal
momento, se quedaron las risas sarcásticas por sentirme tan odiada, casi amada.
Se quedaron atrás, en los pasillos, las diversas emociones que se pueden vivir
en un solo día, se quedaron atrás, lo que no he dicho y todo lo que no diré.
Permítanme recordar y brindar, no
por este día, sino por todos aquellos en donde temblaron los labios y cayeron
los abrigos, cuando los cuatro ojos brillaban y casi no se miraban, mientras el
tiempo se ponía las alas para presumir, y yo respiraba más lento para que se
quedara. Los recuerdo, después de este día, que me hizo olvidar por un
instante, lo que mañana volveré a recordar y a olvidar.
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