A veces pienso que correr riesgos puede resultar satisfactorio, pero
últimamente me ha resultado todo lo contrario. Fueron dos veces que di mi voto
de confianza, la primera vez me sentí engañada, sin embargo, perdoné. La
segunda vez me sentí nuevamente engañada, pero más que eso, idiota.Creí tanto, dudé muy poco, entregué demasiado y pensé casi nada. No
puedo decir que me arrepiento de las cosas que hice, porque nada de ello fue
mentira, siempre fui sincera, pero no sé si debí arriesgarme tanto para recibir
más tarde un puñetazo en el pecho. Me acuerdo de aquellas palabras maternas que
varias veces cayeron en mi, mientras yo cantaba cualquier cosa para no
escucharlas, “la la la lá, la la la lá, voy a cantar, le tengo en un altar. No
juego con fuego, él es el fuego mismo”. ¡UPS!, igual me quemé.
Jamás me importaron los repentinos cambios de ánimo, sí me preocupaban,
quise hacer algo por ello, los detesté en su momento, pero los amaba de todas
maneras, eso y todo lo que viniera de esa mente caótica, tanto y más que la
mía. Fui capaz de aceptar todo y me siento bien por eso, simplemente no fui
suficiente. Conocí la belleza en forma tangible, el excentricismo, el poder
volar sin necesidad de tener alas, y ojos que no sabían lo que decían, ni lo
que hacían, sencillamente se escondían en palabras que jamás fueron
verificadas, sin saber lo que causaban. No existirán para mí manos más curiosas
ni latidos más distorsionados, que temblaban, y me hacían temblar.
Perdí hace tanto el orgullo, si hasta se me escapó el corazón frío, no
me queda más que una fotografía en blanco y negro dada vuelta y un constante
recordatorio a mi mente de las ultimas palabras, las que fueron después de casi
recorrerle el cuello, las que nunca pensé en oír, las que siempre recordaré. Después
de tantos fatalities, canciones mal
cantadas, avenidas… y listo, no puedo seguir.
¿Qué viene después?
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