miércoles, 8 de agosto de 2012

Nunca me hagas caso al primer basta


Me duelen la espalda, las rodillas, el vientre y los ojos, con miedo, desilusión, decepción, confusión y desesperanza.

Basta.No puedo aceptar estar peinada, no quiero estar ordenada ni dejar de retorcerme, no quiero ya no lustrar mis zapatos, no quiero llegar temprano a mi casa ni tampoco que me dure tanto el tinte rojo de los labios. Sin embargo se me caen las piernas, y simultáneamente se me van las palmas a cubrir mi rostro, se me escapan miles de confusiones, que se van y se van, hasta morir en seco, se detienen mis pies, no tienen fuerza para correr, ni siquiera saben qué deben hacer. Me sostengo en colores dulces, un antojo de tiempos, lo tomo y lo dejo, nada es relevante, nada me cierra la boca ni me abre los ojos. Tomo el celular y lo dejo. Tomo un pañuelo y lo dejo. Tomo un recuerdo y lo extiendo, lo arrojo contra la cama y me lanzo sobre él, lo agarro con mis piernas y brazos para que no se me escape, pero es más fuerte y sigue creciendo, hasta alcanzar cada rincón de mi habitación. Porque cada esquina, cada grieta, cada pared, tiene historia y las flores de mis sábanas me las recuerdan, como la historia de las nueve y media que no podía ser antes, en donde entendí que semejante belleza no podía igualarse o mejorar a algo de la vida caótica, y que terminaba con una canción de Los Bunkers cantada en la cara. Y con ello, es inevitable sonreír y dejar de sonreír.

“Si no puedes convencerlos… confúndelos”. Y le dieron los argumentos, no se convenció, la confundieron y parece que ahora algo le convence. Pasaron más de 5 segundos, más de CINCO SEGUNDOS. Pero no sé cómo detestar, soy débil.

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