Me duelen la espalda, las rodillas, el vientre y los ojos, con miedo, desilusión,
decepción, confusión y desesperanza.
Basta.No puedo aceptar estar peinada, no quiero estar ordenada ni dejar de
retorcerme, no quiero ya no lustrar mis zapatos, no quiero llegar temprano a mi
casa ni tampoco que me dure tanto el tinte rojo de los labios. Sin embargo se
me caen las piernas, y simultáneamente se me van las palmas a cubrir mi rostro,
se me escapan miles de confusiones, que se van y se van, hasta morir en seco,
se detienen mis pies, no tienen fuerza para correr, ni siquiera saben qué deben
hacer. Me sostengo en colores dulces, un antojo de tiempos, lo tomo y lo dejo,
nada es relevante, nada me cierra la boca ni me abre los ojos. Tomo el celular
y lo dejo. Tomo un pañuelo y lo dejo. Tomo un recuerdo y lo extiendo, lo arrojo
contra la cama y me lanzo sobre él, lo agarro con mis piernas y brazos para que
no se me escape, pero es más fuerte y sigue creciendo, hasta alcanzar cada rincón
de mi habitación. Porque cada esquina, cada grieta, cada pared, tiene historia
y las flores de mis sábanas me las recuerdan, como la historia de las nueve y
media que no podía ser antes, en donde entendí que semejante belleza no podía igualarse
o mejorar a algo de la vida caótica, y que terminaba con una canción de Los Bunkers
cantada en la cara. Y con ello, es inevitable sonreír y dejar de sonreír.
“Si no puedes convencerlos… confúndelos”. Y le dieron los argumentos, no
se convenció, la confundieron y parece que ahora algo le convence. Pasaron más
de 5 segundos, más de CINCO SEGUNDOS. Pero no sé cómo detestar, soy débil.
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