viernes, 3 de agosto de 2012

Quiero té, sin colorantes, y a ciento ochenta grados.


Y llegan a mí las escaleras recorridas por la pasión que se apoderaba de ellas, los pisos aplastados e impregnados de risas inmorales, las paredes que se conocían de memoria los huesos que le chocaban, y todos aquellos cómplices de mentiras, actos sigilosos, locuras y sonrisas disparatadas, cuando existíamos y vivíamos.   

Quiero levantarme y encontrarle sentido, levantarme y ver la realidad, levantarme y abrir bien los ojos, levantarme y saber que no está, levantarme sin tener que soñar que está, levantarme recordando, levantarme sin creer algo falso, levantarme, poder levantarme. Quiero poder cambiar algo, no tener que cambiarlo, aceptar que debo hacerlo, sin embargo no se me permita hacerlo. Quiero acostarme sin pensar, acostarme en otro lugar, no pensar en acostarme, acostarme y no recordar un lunar en la nuca, que me saquen las sábanas, que mejor me cambien hasta la cama, o la pieza, o la casa, o el planeta, sin embargo, quiero poder sonreír al acostarme y ver las frazadas tibias y revueltas. Quiero poder terminar de escribir esto. Quiero poder haber continuado lo único que quedó plasmado en el comienzo de la hoja: “Insertos en el bosque, el chico del rugido le miraba mientras la chica de los pantalones rojos le sonreía...”. Quiero verle feliz.


Pero me siguen llegando las escaleras, los pisos, las paredes, las avenidas, los caminos de tierra, e incluso los dos más dos igual a cinco.

Caigo
Caigo
Caigo
Oh, cayó.
- Lávese la cara
- No tiene sentido.

3 comentarios:

EdwardCordero dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
EdwardCordero dijo...

La incoherencía de lo común que hace que lo trivial se vea desquisiado y loco se vea aun más cuerdo.

Patricia dijo...

Incoherencias coherentes que abundan en mi mente en estos momentos.